El bronceado de una ratona de biblioteca

Cuando estaba estudiando para mi licenciatura, había una vista que siempre me recibía al comienzo de cada de mis clases de literatura. El profesor entraba al salón y caminaba hacia su escritorio con una novela o pequeña antología en la mano. Cuando esto pasaba, me enderezaba en mi asiento y veía que, sin falla, el libro estaba cubierto en post-its coloridos y muchas veces hasta notas escritas en los márgenes. Siempre fijaba la vista en ello, un poco asombrada.

Lo que me llamó la atención de los libros cubiertos en post-its y garabatos era que reflejaban el profundo interés e inmersión de su lector. Pese a que era una estudiante diligente y una ávida lectora, nunca había sentido el impulso de ir tan lejos y tapizar mis libros con notas. Esto es porque simplemente nunca me había gustado uno de mis libros asignados por la escuela lo suficiente para que inspirara en mí el deseo de anotar mis preguntas y observaciones. Tampoco había sentido la necesidad de hacerlo porque típicamente me podía acordar de las páginas donde se encontraban las partes importantes y útiles. He de confesar que a veces pensaba que los garabatos y los post-its eran un poco excesivos. Claramente no era una de esas personas, y no podía concebir convertirme en una. A pesar de esto, secretamente las admiraba.

Siempre he sido alguien con pasiones e intereses profundamente arraigados, pero hasta el punto medio de mi maestría, no había encontrado un tema que genuinamente me apasionaba. Así que pensé, probablemente nunca seré alguien que se siente inclinada a tapizar sus libros con notas. Nunca seré una de esas personas.

O así pensé.

Esto empezó a cambiar hace unos cuantos meses cuando empecé a ver la serie española Isabel y quedé fascinada con la historia de los reyes católicos de España, la reina Isabel I de Castilla y el rey Fernando II de Aragón. Cuando termine de ver la serie, estaba sedienta por más. Quería ver por mí misma cuán históricamente fiel era, y quería saber más detalle sobre los reyes: sus orígenes, sus decisiones, su rol en la unificación de España, sus alegrías, sus dificultades. Finalmente había encontrado mi kriptonita, un tema que desencadenaba una pasión y una curiosidad insaciable.

Así pues, hice lo que cualquier persona razonable haría. Sondee el internet hasta que encontré dos extensas biografías escritas por académicos reconocidos y compre una copia de ambas, una sobre Isabel y una sobre Fernando. Además, tomé cuidados especiales (o sea: gasté más dinero) para asegurarme copias de las biografías en español; una fue escrita y publicada en España, y la otra es la traducción al español de una biografía originalmente escrita en inglés. Si iba a leer biografías sobre los reyes españoles, tendrían que ser, desde luego, en español. Mientras finalizaba la orden de los libros, me empecé a dar cuenta de que probablemente no estaba en posición de pensar en el hábito de mis profesores y compañeros de estudio de cubrir sus libros con post-its como “algo excesivo.”

Poco después que los libros llegaran, decidí sumergirme en la biografía sobre el rey Fernando primero. Empecé a forjar mi camino a través del denso, copioso libro, leyendo lentamente y periódicamente consultando con Isabel para ver cuán históricamente acertado era su guión. Estaba totalmente inmersa y pronto encontré que había demasiadas secciones del libro que pensaba que merecían la pena marcar. Así pues, empecé a hacer lo que jamás pensé que haría: garabatear mis notas y preguntas en pequeños post-its y pegarlos a través del libro, pensando todo el rato, lentamente me estoy convirtiendo en una de esas personas.

El fin de semana pasado, quería aprovechar el bonito clima, así que opte por hacer mi lectura afuera. Moví una silla de jardín al porche de tal manera que solamente una pequeña porción de ella estaba en la luz del sol. Traje mi libro, una pila de post-its, una pluma, y una copa de sangría y los puse en la pequeña mesa al lado de mi silla. Me dejé caer sobre la silla, estiré las piernas, y abrí el libro. Mi silla estaba acomodada de tal forma que solamente mis pies y unas cuantas pulgadas de mis piernas estaban en el sol. Fue una decisión estratégica, ya que mi piel se quema muy fácilmente.

Pues ahí estaba, pies en el sol, leyendo mi libro y bebiendo una sangría. Pronto me sumergí en la biografía. Había relatos de batallas, de derrotas sin combate, de dolorosas pérdidas, de egos heridos, de disputas familiares, de una reina exigente, y de un fuerte y hábil rey soldado. Mi mente estaba zumbando con toda la información que aprendía y con la creciente certeza de que Isabel había sido asombrosamente acertada. Las únicas pausas que hice fueron para tomar mi copa de sangría o para garabatear una nota en un post-it y pegarla en la página que le correspondía. El tiempo pasó deliciosamente lento mientras saboreaba cada página.

Después de un rato, sin embargo, me dio sed, así que cerré mi libro y me enderecé. Un vistazo a mis piernas revelaba que bastante tiempo había pasado. El sol ahora alcanzaba hasta unas pulgadas arriba de mis rodillas, que ahora tenían un color rosado. No pensado mucho de ello, fui adentro para rellenar mi copa. Después de un minuto o dos de estar adentro, mis ojos se ajustaron a la reducida luz. Le di otra mirada a mis piernas, aún cálidas por el calor del sol, e inmediatamente pensé, “Ohhh no. ¡Por Dios, mis piernas no se deben de ver así!”

Mi piel, típicamente pálida como nieve, estaba roja como tomate. Había sufrido una leve quemadura de sol desde la parte superior de mis pies hasta unas pulgadas arriba de mis rodillas.

Después de contemplar mis piernas unos segundos, confirmé que no era una quemadura seria y solté un suspiro de alivio. Despedí de mi mente las hediondas visiones del doloroso proceso de sanación sigue a una quemadura seria. Me di cuenta de que me había quemado porque había estado tan inmersa en mi lectura que me había olvidado del pasaje del tiempo y del movimiento del sol. No pude evitar soltar una carcajada; había sido inconsciente del hecho de que mi piel se estaba quemando porque estaba totalmente inmersa leyendo sobre reyes, reinas, y batallas –entre otras cosas. Ya no quedaba espacio para duda o negación: me había convertido en una de esas personas que se podía sumergir en algo.

Unos cuantos días después, mientras estaba en frente de mi repisa de libros en mi armario, sosteniendo la biografía y mirando los coloridos post-its que se asomaban entre las páginas, me di cuenta de qué era lo especial de libros cubiertos en garabatos y notas. Cuentan dos historias: las que originalmente fueron escritas en sus páginas y las del impacto que aquellas historias tuvieron en sus lectores. Mi biografía sobre Fernando hizo justo eso, guardaba testamento de la curiosidad y el asombro que la historia despertaba en mí. Coloqué la biografía de nuevo en la repisa, y mientras cerraba la puerta con espejo del armario vi reflejada la vista de mis piernas. La leve quemadura había sanado y dejado en su lugar un leve bronceado. Miré para abajo y vi mis piernas, sonriendo, y reconocí que definitivamente era una de esas personas, y que, por lo menos por un tiempo, tenía más que un libro lleno de post-its como prueba.

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