Nuestro bendito problema

~ Advertencia: Este ensayo incluye descripciones de la trama de la serie Isabel. Si no sabes de los acontecimientos de la vida de la reina Isabel I de Castilla o del rey Fernando II de Aragón y te interesa ver la serie sin saber nada de la trama, no recomiendo que leas este ensayo. ~

Cualquier persona con una televisión o una suscripción a Netflix, ya sea tuya o la de una tía, habrá notado que cuando en las películas y series de TV hay romance, tiende a ser casi exclusivamente romance en sus etapas iniciales, sin mostrar mucho de las etapas subsecuentes. Se enfocan en el enamoramiento, pero rara vez en el mantenimiento a través del tiempo de la relación. Personalmente, tras haber visto un centenar de películas, me cansé de observar la misma etapa del amor una y otra vez. Por ello encuentro inmensamente refrescante toparme con representaciones que siguen el amor a través de sus distintas etapas, ilustrando relaciones que superan la prueba del tiempo. Recientemente, me encontré con una joya para todos los que, como yo, anhelan historias que pintan una imagen más completa del amor: una serie española llamada Isabel.

Isabel relata la vida y el reinado de la reina Isabel I de Castilla junto a la de su esposo, el rey Fernando II de Aragón. No hay tan siquiera una cosa de esta serie que no me ha parecido magnífica; la música, los vestuarios, la escenografía, la actuación –todas estas son geniales. Sin embargo, mi parte favorita de la serie es indiscutiblemente la trama, la cual está fuertemente anclada en el matrimonio de Isabel y Fernando (cabe añadir que la serie ha sido elogiada por su fidelidad histórica). La serie sigue a la pareja desde su primer encuentro hasta su despedida terrenal cuando Isabel muere, y no deja fuera ni disminuye las dificultades que enfrentaron durante el transcurso de su matrimonio. Las fricciones entre Isabel y Fernando a lo largo de su matrimonio son tan representadas en la trama como lo son todas las alegrías que compartieron. Después de años buscando ese tipo de historia, por fin había encontrado mi diamante entre la pila de zirconias cubicas.

En la serie se nos muestra que el matrimonio de Isabel y Fernando fue planeado con fines políticos, sin embargo, pronto vemos su unión evolucionar en algo más allá de objetivos políticos o financieros. Sobre esto mismo, el consejero más perspicaz de Isabel dice, “Les casamos por conveniencia, como se casan tantos príncipes, sin conocerse, pero estos se han conocido…y se aman. Ese es nuestro bendito problema.” Sin embargo, la genuinidad de su enlace no estaba sin desventajas: cuando el corazón está en juego en una relación, tanto los gozos como las afrentas son experimentados de una manera más profunda.

Al observar otro matrimonio notable en Isabel se nota cuan diferente son las cosas cuando un enlace se forma y se mantiene exclusivamente por fines políticos. El matrimonio del hermano de Isabel, el rey Enrique IV de Castilla, con Juana de Avis fue justo eso. Cuando Juana le es infiel a Enrique y este se entera, lo primero que vemos es al hombre de estado haciendo un reporte de daños y tomando los pasos necesarios para salvaguardar su reputación y la legitimidad de su descendencia. Se enojó, pero queda claro que su reacción no fue producto de algo íntimo como amor por su esposa o respeto por los votos matrimoniales, sino una amenaza a su reinado y su reputación; un problema de estado más con que lidiar. Como el vínculo que unió a Enrique y Juana fue solamente interés político, la afrenta de infidelidad perjudicó más al gobernante que al hombre.

Por otro lado, parejas unidas por amor y respeto mutuo, como Isabel y Fernando, experimentan los problemas y las afrentas en el matrimonio de una manera más íntima y profunda. Al ver la representación de su matrimonio en Isabel, me di cuenta que precisamente en ese hecho está arraigada una de las más interesantes complejidades del amor. Porque se aman, sufren el bendito problema del amor: que las acciones de cada uno le importarán y afectarán personalmente al otro y a veces también les lastimarán, pero sin deshacer su amor y afecto a largo plazo.

En un fragmento de la serie que explora ese aspecto del amor Isabel y Fernando pasan un tiempo separados ocupándose de sus respectivos reinos, durante el cual tienen un conflicto serio. El conflicto surge porque, a espaldas de Fernando, Isabel empieza a pactar la paz con Francia, nación enemiga de Aragón, el reino de Fernando. Fernando, por lealtad a su padre, el rey de Aragón, se negó rotundamente a negociar; sin embargo, Isabel continuó las negociaciones a espaldas de Fernando. Cuando Fernando se entera por sus propios medios de los acontecimientos, se siente traicionado y burlado como hombre y como rey. El dolor y rencor que siente es aún más porque a la vez se enteró que su padre agonizaba y estaba bajo la impresión de que Fernando lo había traicionado negociando con sus enemigos.

Cuando Fernando confronta a Isabel sobre su traición, con la herida plenamente abierta, vocifera que nunca la perdonará. Su reacción refleja que la traición de Isabel lo afectó no de una manera removida, sino de una manera personal. A diferencia de Enrique, quien tomó la traición de su esposa como un asunto de estado, Fernando sintió la traición de Isabel como la traición de su cónyuge. En su matrimonio con Isabel el corazón siempre estuvo en juego, y por lo tanto quien acabó más lastimado fue el hombre, no el rey.

Eventualmente, a pesar de lo dicho, cuando se reencuentra con ella después del conflicto, y tras escuchar una disculpa sincera, Fernando perdona a Isabel. Fernando deja en claro que, a pesar del dolor sufrido, la afrenta que cometió Isabel no deshizo el amor y el afecto que le tenía. Así, Fernando perdona una ofensa que bajo su código de honor no debería de haber perdonado.

Fernando no es el único de los dos que en algún punto se enfrenta con una ofensa grave y se dispone a perdonar; eventualmente, a Isabel le llega su turno de tener que perdonar. A los pocos años de haber contraído matrimonio, Isabel se entera de que Fernando ha concebido un hijo con otra mujer. Isabel, en ese entonces embarazada, se sobrecoge con tristeza y dolor, y quizás en parte por ello, da luz a su hijo prematuramente. El bebé nace muerto, dejando Isabel a llorar la pérdida de su hijo. Cuando Fernando intenta hablar con Isabel sobre lo ocurrido, se topa con una Isabel destrozada, quien entre sollozos le dice “Dijisteis que no me fallaríais.”

A diferencia de su hermano Enrique, quien ante la misma ofensa velo primero por sus intereses políticos, Isabel vio dañada la confianza que tenía en que su cónyuge sería fiel a ella y a sus votos matrimoniales. En su matrimonio con Fernando, el corazón siempre había estado en juego porque él siempre había sido, ante todo, su esposo. Por lo tanto, la ofensa de infidelidad lastimó más a la mujer que la reina.

Al ver el dolor que engulle Isabel por su infidelidad y la pérdida del bebé, Fernando sinceramente lamenta lo que hizo y dice que haría cualquier cosa para evitarle ese sufrimiento a Isabel. Mientras la sostiene en sus brazos, le dice que la ama y que deseaba el hijo que perdieron tanto como ella. Isabel acepta su abrazo y su consuelo y sin decir otra cosa perdona la ofensa que no debería de aceptar mujer alguna.

Al tomar un paso hacia atrás y ver las ofensas respectivas de Isabel y Fernando, es muy fácil y tentador hacer preguntas acusadoras. ¿Por qué ambos perdonan ofensas tan graves y tan hirientes? ¿Por qué permanecen juntos a pesar de que ambos merecen mejor? Estas preguntas son justas y merecen ser consideradas y debatidas cuando vemos parejas enfrentarse a errores tan grandes. Sin embargo, en el caso de Isabel y Fernando, la respuesta a esas preguntas es relativamente sencilla: porque se aman. Sufren el bendito problema del amor: que las acciones de cada uno le importarán y afectarán personalmente al otro y a veces también le lastimarán, pero sin deshacer su amor y afecto a largo plazo.

Para mí, el hecho de que el amor puede aguantar y perdonar fallas, hasta las más graves, es evidencia de su naturaleza. Cuando pienso en parejas como Isabel y Fernando, parejas que genuinamente perdonan y deciden seguir adelantes juntos, se me hace muy evidente la certeza de una frase que siempre ocupa un lugar en el fondo de mi mente: “[El amor] todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Corintios 13:7). El amor es, por su naturaleza, tolerante; resiste ante los retos y ante las ofensas.

Este aspecto del amor, aunque suene noble, puede ser lo que indicó el consejero de Isabel: un tipo de problema. El amor nos dispone a una experiencia íntima, y la verdad es que eso nos pone en una posición vulnerable. Las acciones, buenas y malas, de nuestros seres amados y de nuestras parejas nos importarán y afectarán personalmente y a veces nos lastimarán. En todo caso, pese a lo tanto que nos lastimen y nos fallen, conservaremos nuestro amor y afecto por ellos. De esta manera, el amor nos deja en una posición débil porque nos deja dispuestos a aceptar cosas que no deberíamos: fallas y afrentas de todo tamaño, y todo el dolor y discordia que traen. Al vernos atados a nuestros seres amados por ese vínculo de amor, hasta nos puede dar una sensación de estar sin control. Incluso nos puede hacer sentir que el amor aprovecha de nuestra habilidad de aguantar y perdonar. Quien no se ha encontrado alguna vez preguntándose a sí mismo ¿por qué perdoné a esta persona a pesar de los consejos de los demás? ¿A pesar de lo que dice mi propia razón? Así pues, la naturaleza tolerante del amor nos presenta un problema.

Sin embargo, ese problema tiene un lado que lo redime, aun si es sólo hasta cierto punto. El mismo amor que nos puede hacer sentir débiles cuando nos reta con aguantar y perdonar toda clase de ofensas también nos puede hacer más fuertes. Esto es porque nos impulsa a perdonar cuando hay una parte de nosotros que se empeña en asegurarse de que no lo hagamos y que nos dice que nos debemos de encerrar en nuestro enojo y decepción. El amor nos alienta a desarrollar la virtud de la tolerancia, nos alienta a perdonar y esforzarnos en hacer que la convivencia funcione de nuevo después de sufrir una ofensa, que suele ser más difícil que huir o rendirse. Cuando a la naturaleza tolerante del amor le unimos nuestra voluntad de seguir adelante y mantener un compromiso, el resultado es la parte de amor que nos santifica. Es la parte que puede hacer de un problema algo bendito.

Cuando ambas personas en una relación y más en un matrimonio se entregan a ese amor santificador, lo que resulta es una relación que sobrepasa las etapas iniciales del amor y supera la prueba del tiempo. Y en total honestidad, de todas las representaciones de amor que he visto tanto en la pantalla como en la vida real, jamás he visto alguna que me inspire tanto respeto y admiración como las de este tipo.  Parejas como Isabel y Fernando son productos de la entrega al amor santificador. Son parejas en las que juntos experimentan íntimamente todas las alegrías y las fricciones, conservando a lo largo el amor y respeto mutuo, y así calcan historias de gran riqueza y complejidad. Son parejas que como Isabel y Fernando se han entregado al amor y a todo el dolor, tolerancia, y afecto que supone y han abrazado el hecho de que el amor es un bendito problema.

 

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