Reconociendo esencia: madres son mujeres y hombres son padres

En los últimos años, he notado una tendencia que se manifiesta cuando llega la fecha del Día del Padre que siempre me deja perpleja. Muchas personas publican comentarios en las redes sociales expresando su aprecio y agradecimiento no para papá, sino para mamá. La mayoría de estas personas son los hijos de madres solteras que se encargaron completamente de la crianza de sus hijos. Estas mamás han hecho el trabajo que típicamente se comparte entre dos personas, y han salido adelante con sus hijos a su lado. Yo conozco varias de estas mujeres y sus hijos, y puedo atestiguar que han hecho un gran trabajo al haber criado hijos que se sienten seguros y amados, y que tienen buenos valores. Nadie pone en duda la dedicación a sus hijos de las mujeres que llevan a cabo esta hazaña. Sin embargo, hay un problema de percepción al creer que una mamá puede cumplir el rol de mamá y papá. El que una mujer haga la cantidad de trabajo usualmente repartida entre los dos padres, no la hace un padre. Así como el padre soltero que cría a sus hijos por su cuenta será un gran papá, pero no una mamá, la mujer que se dedica de todo corazón a sus hijos, es una súper mamá, pero jamás va a ser un papá. Esto no es para desacreditar a las mamás solteras, sino para pensar en que es lo que constituye ser padre y después reconocer que es algo distinto que sólo un hombre puede hacer, así como sólo una mujer puede ser madre.

El suponer que una mujer puede cumplir el rol de padre, un rol distintamente masculino, es ignorar esencia y cómo eso afecta acciones. Las mujeres y los hombres son diferentes, desde cómo responden a las mismas situaciones a cómo están programados sus cerebros. En general, las mujeres están más fuertemente asociadas con características como inteligencia emocional y consideración; similarmente, los hombres son más fuertemente asociados con características como competitividad y el ser más propensos a tomar riesgos. Dentro de esas generalizaciones obviamente existe variación entre individuos. Por ejemplo, no todas las mujeres van a tener el mismo nivel de inteligencia emocional, ni todas van a empeñarse en el desarrollo consciente de todas esas características más asociadas con feminidad, así como no todos los hombres van a tener el mismo nivel de competitividad, ni todos van a empeñarse en el desarrollo consciente de todas las características más asociadas con masculinidad. Estas variaciones también se pueden comparar entro los sexos. Puede haber un hombre que tenga más inteligencia emocional que lo que se encuentra en una mujer que tiene una cantidad “promedio” de dicha característica, pero eso no lo hace una mujer, así como puede haber una mujer que es más competitiva que el hombre promedio, pero sigue siendo una mujer. El hecho de que haya variaciones dentro de cada sexo, así como entre ellos, no cambia la realidad de que nuestro sexo influye cómo llevamos a cabo nuestras acciones. Las cualidades de una mujer, sea competitiva, considerada, motivada, reconfortante, cariñosa, o autosuficiente, no se van a manifestar de la manera exacta en que un hombre las mostraría, tal como las cualidades de un hombre no se van a manifestar exactamente como una mujer las mostraría. Esto es porque las mujeres tienen una manera particular de ser y actuar que, por más que varié de mujer a mujer, es lo suficiente notoria como para distinguirlas de los hombres.

Lo queramos o no, en cuestión de interacciones hay diferencias entre cómo las mujeres tienden a hacer las cosas y cómo los hombres tienden a hacer las cosas. En ambos casos, es la esencia femenina o masculina que crea las diferencias. Por ejemplo, una mamá puede acercarse a su hijo que esta inusualmente callado para preguntar y averiguar qué le pasa, y su manera de acercarse va a ser distinta e influida por su sexo, del tal modo que si un papá intentara acercarse de la misma manera no lograría hacerlo exactamente igual. Si el padre ofrece un abrazo, será desde hombros más anchos, si es una palmada será desde manos más grandes, si es un beso en la frente, raspara la cara del niño con el vello facial, etc. Aun cuando muchas de estas características no se cumplan en un padre, es innegable que habrá diferencias en su fisiología y porte, comunes en muchos hombres, que el niño distinguirá de los de su madre. Es por esto que, aun cuando los dos padres están  haciendo la misma acción, cómo la hacen siempre será diferente. Lo que hace a una madre y lo que hace a un padre es la esencia: no lo que hacen en sus interacciones con otros, pero cómo lo hacen, y por extensión que son.

Esas esencias femeninas y masculinas que influyen en las interacciones vienen de las diferencias biológicas entre los sexos, y la realidad es que el cumplir el rol de padre es contingente al hecho de ser hombre así como cumplir el rol de madre es contingente al hecho de ser mujer. Las definiciones de “padre” que salen en el internet o en cualquier diccionario van algo por este estilo: “hombre respecto de sus hijos.” Igualmente, una madre se define como una mujer respecto a sus hijos. El ser hombre y el ser mujer son cosas que uno nace siendo y que naturalmente se definen cuando una persona es concebida y se define como miembro del sexo masculino o del sexo femenino. El ser hombre y el ser mujer conlleva rasgos que no se pueden cambiar según nuestras acciones. Una mujer nacida puede actuar como un hombre lo haría todo lo que quiera, pero eso no va a cambiar su construcción física y biológica, y lo mismo aplica para hombres nacidos que actúan como mujeres. Una mujer puede ponerse un bigote y una corbata, puede bailar con su hija en los bailes de padre e hija, y puede ensenarle a su hijo como ser un buen hombre, pero nada de esto cambia una fibra de su sexo biológico ni le otorga una esencia masculina; sigue siendo una mujer. Del mismo modo, un hombre puede ponerse un vestido y un collar de perlas, puede bailar con su hijo en los bailes de madre e hijo, y puede ensenarle a su hija como ser una buena mujer, pero nada de esto cambia una fibra de su sexo biológico ni le otorga una esencia femenina; el sigue siendo un hombre.

Cuando se escucha gente insistiendo que una mujer puede cumplir el rol de papá gracias a sus acciones, suena como una negación de las cosas que son determinadas por la genética y la biología. Se nace siendo hombre o mujer justo como se nace siendo latino, asiático, caucásico o afro-americano. Recientemente se observó un ejemplo en el que una mujer, Rachel Dolezal, la presidenta de la organización estadounidense National Association for the Advancement of Colored People, que tomaba orgullo en ser de raza afro-americana, fue descubierta como una persona de linaje caucásico. Mediante tratamientos cosméticos Rachel había alterado su apariencia, originalmente caucásica, para similar aquella de una mujer afro-americana. Por más que Rachel Dolezal había cambiado su apariencia y su testimonio para identificarse como una mujer afro-americana, la realidad es que sigue siendo una mujer caucásica, una con una apariencia alterada, pero una mujer de origen blanco en todo caso. Esto es porque tanto la raza como el sexo son cosas definidas por la genética y la biología: o naces caucásico o naces afro-americano (o de una combinación de razas), o naces hombre o naces mujer. No obstante, a diferencia del sexo, las distinciones entre razas no conllevan roles equivalentes a padre y madre que sean por definición contingentes a ser miembro de una raza; un latino puede ocupar los mismos roles que un caucásico, un afro-americano o un asiático y vice-versa. Esto es porque la raza no predispone a nadie a algún rol. Por otro lado, los hombres y las mujeres están condicionados por su biología al rol que asumen en la concepción y gestación del niño, y predispuestos a comportamientos subconscientes como su respuesta al peligro. Y como el hecho de cumplir el rol de padre por definición es contingente al hecho de ser hombre así como el cumplir el rol de madre es contingente al ser mujer, resulta que el sexo determina la capacidad de cada individuo para cumplir el rol de padre o madre.

El sexo es una influencia y una constante que permanece a pesar de los hábitos más profundamente arraigados en nuestras vidas. En efecto, no son sólo los hábitos ni acciones lo que distinguen un padre a una madre. En ciertas culturas y sociedades, por costumbre el padre es el único proveedor en la mayoría de los casos; sin embargo, en ciertos casos si pasa que por divorcio, separación, la muerte del padre, o simplemente por la elección de la pareja, la madre tiene que proveer para sus hijos. En estos casos, la mujer adopta un rol y lleva a cabo una función muy fuertemente asociada con hombres y padres, pero esto no la hace un padre. Si vamos a determinar que una mujer que provee para sus hijos es papá, por consecuencia un hombre que se encarga completamente de cocinar para sus hijos, es mamá. Nadie sugiere esto último porque no es así; un hombre puede adoptar roles y llevar a cabo funciones fuertemente asociadas con mujeres y madres pero esto no cambia su sexo y por extensión no lo hace capaz de ser una madre. Es por esto que en sociedades donde es más común y aceptado que los roles estén reversados, donde la madre es la que trabaja fuera de casa y el padre es el que se queda en casa, a los papás que se quedan en casa se les sigue diciendo papá, y no mamá. Madres a través de culturas diferentes pueden tener diferentes hábitos y llevar diferentes funciones a cabo, pero lo que las une es su sexo, lo cual las define como mamás y figuras maternas para sus hijos. Igualmente, padres a través de culturas diferentes pueden tener diferentes hábitos y llevar diferentes funciones a cabo, pero la constante que los hace padres y nunca madres es su sexo y la influencia que conlleva. No hay una tendencia cultural universal que consistentemente defina que es el ser madre y el ser padre. Lo que sí es constante para definir la capacidad de ser madre o padre es el sexo, aquí y en China, ahorita y hace dos mil años, un padre ha sido un hombre y una madre ha sido una mujer.

Así como el ser madre, el ser padre depende inevitablemente del sexo de la persona porque de ahí viene su esencia, lo cual influye como lleva a cabo sus interacciones. No hay un manual universal y conclusivo o un conjunto de reglas que dicta cómo los hombres hacen esto, así como no hay uno que diga cómo las mujeres llevan a cabo sus interacciones de manera distinta e influida por su sexo. El único constante que si se nota es el sexo, y es por eso que sólo una persona del mismo sexo puede llenar el rol de madre o padre. Una mamá y un papá pueden hacer las mismas acciones, pero cómo las hacen va a ser diferente y esta diferencia viene en gran parte de cómo su sexo influye sus características, acciones, interacciones, y demás. Esto no tiene nada de malo, ni señala una falla en ninguno de los sexos, sino demuestra que cada sexo proporciona  un toque y una esencia única a la madre o al padre, y al amor y la atención que los hijos reciben. Además, el hecho de que una mujer no pueda llevar a cabo sus interacciones de la misma manera que un hombre y que un hombre no pueda llevar a cabo sus interacciones de la misma manera que una mujer señala a la complementariedad de los sexos: la mujer tiene un toque especial, el hombre tiene un toque especial, y juntos forman y proporcionan una unidad más completa. Si el papá o la mamá de un hijo no está presente, no es el fin del mundo, pero tampoco significa que el que no esté presente pueda ser sustituido por el otro. Como tal, en el interés de la verdad, es importante reconocer que ser padre es algo distinto que sólo un hombre puede hacer, así como sólo una mujer puede ser madre. El pensar que una madre puede ser lo mismo que un padre, igual que pensar que un padre puede ser lo mismo que una madre, sería prácticamente estafarnos a nosotros mismos. Sería negar que la mujer y el hombre tienen cada quien un toque y una esencia especial. El reconocer que sólo hombres pueden ser padres y que sólo mujeres pueden ser madres es reconocer y valorar el hecho de que ambos tienen un diseño especial y dones particulares que les brindan a sus hijos. Es eso, junto con el amor y el esfuerzo dado, que se celebra en el Día de las Madres y en el Día del Padre respectivamente. Si eres el hijo o la hija de una madre soltera y quieres festejarla en el Día del Padre porque hizo ella sola el trabajo que típicamente se comparte entre dos personas, hazlo reconociéndola por cómo te ha dado todo lo que te ha dado hasta la fecha y por todo lo que es: una madre ejemplar. Reconoce que el valor de una mujer no viene de cuanto puede hacer cosas que típicamente los hombres hacen, sino viene de cómo hace lo que sea que haga como ningún hombre puede: como una mujer, con un toque femenino, único, e irreplicable. Del mismo modo, el inverso aplica para los hombres. El reconocer esto no desacredita ni mamás ni papás solteros, sino que nos pone en frente de la realidad de que lo que constituye ser padre es algo distinto que sólo un hombre puede hacer, así como sólo una mujer puede ser madre. Nos pone en frente de esta realidad para reflexionar sobre el valor único y especial de  la mujer y del hombre y de sus respectivas habilidades de ser madre o padre; además, nos impulsa a reflexionar sobre cómo esto influye nuestras vidas en maneras tan profundas.

 

 

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *