Cuando lo peor de ti se encuentra con lo mejor de alguien más

Misericordia es una palabra que he conocido por mucho tiempo. La conocí por primera vez en la iglesia, era una palabra que se decía regularmente durante misa y que aparecía en las lecturas. No la entendía muy bien, pero intuía que era importante porque hablaban de ella mucho. Esta intuición sólo creció durante mis años en primaria, secundaria, y preparatoria. En mis clases de religión, la misericordia ocupaba un lugar prominente, mis libros de texto y mis maestros hablan de la gran misericordia de Dios y de la belleza de la misericordia. Aunque pudiera haber recitado la definición de la palabra, seguía sin verdaderamente captar su esencia. Así siguió durante mis años en universidad, cuando leía por mi propia cuenta sobre fe y virtudes, me topaba con menciones de la misericordia. Parecía ser que donde sea que yo estaba, la misericordia estaba por ahí en alguna forma.

Seguí sin entender y verdaderamente conocer la misericordia hasta el Año de la Misericordia. Durante ese año, tuve la oportunidad de personalmente conocer la misericordia. Cuando empezó el año, llevaba varios meses en mi primera relación, y aunque si estaba preparada y suficientemente madura para ella cuando la empecé, pronto me enfrenté con una verdad que jamás había salido a relucir con tanta prominencia. Al estar en una relación comprometida con alguien que amaba, me di cuenta de que podía ser más egoísta y a veces inmadura de lo que pensaba.

En la aventura y el reto de coexistir íntimamente con otro ser humano, mi novio había sido como un espejo. En el vi mis interacciones durante momentos de desacuerdo y vi como fallé, una y otra vez, en ser la mejor versión de mí misma, en ser la novia que se merecía. Vi como mi egoísmo, cuando no controlado y transformado en algo mejor, me llevaba a reaccionar de maneras inmaduras, bruscas, e insensibles. En los mejores de los casos mis acciones molestaban, y en los peores herían a la persona que amaba. Al verme en ese espejo, vi todas mis peores cualidades y vi el daño y dolor que podía causar cuando me olvidaba que ahora había alguien más, y que no era sólo yo la que importaba en esos momentos. Fue una realización amarga y difícil de aceptar, pues me sentía decepcionada conmigo misma.

Estos fracasos míos y las subsecuentes sacudidas que me daba al darme cuenta de mis errores siguieron pasando ese año, y aunque mi resolución para mejorar era firme y sincera, no había logrado verdaderamente empezar a vencer mi egoísmo e inmadurez durante momentos difíciles. Quería controlar y transformar mi egoísmo, y quería poder efectivamente amar y respetar a mi novio aun cuando mi ego me intentaba llevar por un camino enfocado solamente en lo que yo quería visceralmente. Quería lograr esas cosas, pero no tenía la perspectiva para saber a donde dirigir mis acciones.

Sin embargo, esto cambió durante una discusión en particular. Había transcurrido el patrón usual de desacuerdo seguido por fracaso y luego decepción, pero a eso se le agregó contemplación de una observación muy reveladora. Mi novio me recordó de cómo había reaccionado a mis caprichos groseros, mis gestos insensibles, y todo lo demás que le aventaba cuando cedía a al egoísmo y el enojo. Con gentileza y sin buscar alarde, me listo las cosas amables que había hecho casi todas las veces que yo había dejado de merecerlas gracias a mi conducta. Lo escuché atentamente, cautivada por lo que estaba oyendo y entendiendo. Me di cuenta de que cuando yo estaba en mi peor estado, él había reaccionado con plena y pura misericordia.

La misericordia había estado ahí.

Cuando yo llegaba con enfado, el me recibía con amabilidad y cortesía.

Cuando yo mantenía el entrecejo fruncido y me negaba a siquiera reconocer sus intentos de hacerme sonreír de nuevo, él lo seguía intentando.

Cuando yo me burlaba de sus gestos amables e intentaba mascararlo como humor, el me los seguía extendiendo.

Cuando yo me hacía del hombro frio cuando me abrazaba después de una discusión, el me seguía abrazando con cariño y esperanza.

Cuando yo fracasaba en maneras que le costaban mucho, el me seguía dando oportunidades para demostrar que si podía cambiar.

Cuando yo acababa de empujar su mano, el me la extendía de nuevo.

Cuando había dejado de ser alguien amable, de ser alguien que inspiraba cariño, el me seguía amando.

La misericordia había estado ahí, en mi novio y en sus acciones, cada vez que fracasaba. Cuando mi novio me recordó de sus reacciones cuando yo estaba siendo desconsiderada y difícil, noté que todas poseían un espíritu de valentía, esperanza, y generosidad. Me di cuenta de que todas eran muestras tangibles de un amor tan generoso que estaba dispuesto a dar aun cuando la otra persona podía responder con frialdad, enojo, desdén, o apatía. Al entender esto, me di cuenta de que mis esfuerzos de vencer mi egoísmo e inmadurez no habían sido exitosos en gran parte porque solamente había procurado controlar y contener esas cosas en vez de buscar maneras de transformarlas en algo que podía dar. Todas las veces que había sido desconsiderada y difícil, mi novio pudiera haber respondido con indiferencia o neutralidad con tal no dejar salir su molestia o enojo, pero en vez de hacer eso, me había extendido algo: misericordia.

Al extenderme misericordia una y otra vez, mi novio fue la encarnación viviente de ella, y gracias a eso, me di cuenta de que yo había conocido a la misericordia personal e íntimamente cada vez que él no me daba de vuelta la actitud que yo le daba, sino que me salvaba de ella y me daba algo mejor.

Después de esta realización, me di cuenta de que la misericordia había estado presente en mi vida desde el principio, no sólo como una teoría o una idea sino también como una realidad. Me puse a reflexionar en todas las veces que podía recordar que mis padres, mis otros familiares, mis maestros, y mis amigos me habían mostrado misericordia, y no pude evitar estar asombrada y sentirme inmensamente agradecida. La misericordia siempre había estado ahí, pero no me di cuenta de ello hasta que noté su presencia fiel en mi relación.

Durante el Año de la Misericordia, en mi relación vi plenamente lo que más me cuesta ver: mis peores cualidades y el daño y dolor que puedo causar si no las controlo y transformo en algo mejor. Sin embargo, quizás por coincidencia divina, ese año también vi que conocía la misericordia, la única cosa que trae redención. La había experimentado desde el inicio, pero sin notar que la conocía a través de los demás, quizás no hubiera captado como la misericordia es una bendición increíble que he recibido y sigo recibiendo. Y quizás no hubiera captado que la misericordia no es una virtud independiente, sino una parte indispensable del amor. Es la parte valiente, generosa, y esperanzadora, que nos enseña que aun con nuestros defectos, errores, y fracasos, podemos amar y ser amados.

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