Dándole significado a la palabra “Viví”

Siempre he tenido un deseo insaciable de viajar, uno que me impulsa a buscar cualquier y toda oportunidad de conocer nuevas partes del mundo. Fue este ardiente deseo de viajar y experimentar nuevos lugares que me empujó a tomar la primera oportunidad realizable de viajar al extranjero. Cuando escuché de la oportunidad de enseñar inglés en un país extranjero como parte de un programa de voluntarios, tomé la oportunidad sin dudar. Apliqué y fui aceptada al programa, y pronto me encontré en Polonia como una maestra voluntaria para el verano del 2015.

Wrocław, Polonia

Estuve en el extranjero por cinco semanas y media, y, a pesar de mi entusiasmo para enseñar y viajar, a veces sentí que fueron cinco semanas y media demás. Para la quinta semana de mi estancia, tuve que decidir cómo pasar mis últimos días en Polonia. Se acercaba el fin de mi compromiso como maestra, y en cuanto hubiera asistido a la última junta para mi programa en Cracovia, iba a estar libre para hacer prácticamente cualquier cosa que mi tiempo y recursos me permitieran por unos días. Sin embargo, para ese entonces ya estaba agotada. Había completado cuatro semanas de enseñar a estudiantes que me decepcionaron terriblemente. Antes de partir a Polonia, había planeado con mucho entusiasmo y mucha diligencia  mis clases. Dediqué dos semanas enteras a planear y construir un currículo para cuatro semanas, incluyendo materiales didácticos hechos a mano. También había juntado premios y comprado cajas de dulces mexicanos para incorporarlos en mis clases y dárselos a mis estudiantes. Soñaba con lo bien que me la iba pasar con mis estudiantes y con lo mucho que les quería enseñar; sin embargo, al llegar a Polonia y tener mi primera clase, me enfrenté con una realidad completamente opuesta. La gran mayoría de mis estudiantes tenían una mala actitud y no tenían motivación alguna para aprender más que la presión de sus padres.

Se vio poco prometedor desde el primer día, y a pesar de esta decepción metí mi mejor esfuerzo para fomentar un ambiente positivo y productivo para mis estudiantes, o al menos para los que si querían aprender. Al haber intentado esto con todas mis ganas todos los días y visto que mis mejores esfuerzos no cambiaron mucho, me agoté. Además, extrañaba a mis amigos y a mi familia mucho, y como mi trabajo de maestra no era algo positivo en lo cual me podía enfocar, se me hacía difícil no dar vueltas pensando en lo positivo que me esperaba en casa. Entonces, gracias a estos retos, estaba resignada y cansada. Sentí que no tenía la energía y el entusiasmo suficiente para hacer cualquier cosa más que regresar a la casa de mi familia polaca después de mi última junta con los otros voluntarios en Cracovia.

Los días después de esa última junta iban a ser los únicos días de toda mi estancia en Polonia que iba a tener completamente libres. Reconocí la gran oportunidad que se me presentaba al tener varios días sin ningún compromiso, pero sentía que no tenía la motivación para planear algo nuevo y emocionante. Había considerado viajar a otras partes del país, pero estaba esperando la confirmación de mi amigo Sebastian, que también era un maestro voluntario para el programa, para ver si quería viajar a las mismas ciudades. Fue en este periodo de espera que se me acumuló el cansancio; había puesto mis ideas de viajar de lado y había asentado la idea de simplemente tomar la opción fácil y cómoda de regresar a la casa de mi familia polaca donde había estado las cuatro semanas previas. No quería aprovechar el día; quería refugiarme en lo que era más cómodo y dejar que los días pasaran. Aun así, había un conflicto en el fondo de mi mente porque quería ver más de Polonia, pero también  me sentía exhausta y muy atraída a la idea familiar de quedarme en casa.

Afuera de mi casa en Wesołów, Polonia con mis hermanas y primos polacos

No me daba confort la idea de irme del lugar que había sido mi casa por cuatro semanas. No quería irme de la casa donde estaba mi mama polaca, donde siempre tenía libros en inglés que prestarme y deliciosa comida para satisfacer cualquier antojo mío. No quería dejar su compañía, pues durante mis retos como maestra ella había demostrado ser una aliada servicial y considerada. No quería abandonar la compañía de mis hermosas hermanas polacas que habían sido mis mejores estudiantes y mis fieles seguidoras que me daban aliento con besos y abrazos espontáneos. No quería irme de la casa donde tenía mi propio cuarto para desconectarme cuando buscaba soledad o para hablar por teléfono con mis seres amados cuando buscaba comunicación. Quería quedarme en lo familiar, en mi casa donde estaba rodeada de constancia y comodidad, pero aún sentía que quizás mi tiempo sería mejor utilizado en salir de esa zona de confort y ver más de Polonia.

Częstochowa, Polonia

Cuando le dije a mi novio por teléfono de mi conflicto sobre esas opciones, me alentó (o sea, empujó) a juntar mi energía y tomar la opción de viajar si la oportunidad de viajar junto con Sebastian se presentaba. Me recordó que debería maximizar todo el tiempo que tenía en el extranjero, especialmente porque no sabía cuándo iba poder regresar. Después de desahogarme con él de lo verdaderamente cansada que estaba, resolví a tomar la oportunidad de viajar si ésta se presentaba. Poco después de eso, Sebastian se comunicó conmigo: dijo que el plan de viajar a las mismas ciudades juntos tenía luz verde. Si necesitaba una señal, ahí estaba.

Después de mi última junta con los voluntarios de mi programa en Cracovia, empaqué mis maletas, me subí a un tren, e inicié mi última aventura de mi viaje.

Primero fuimos a Częstochowa, que supuestamente es el tercer sitio de peregrinos católicos más grande del mundo. Ahí recorrimos el monasterio Jasna Góra y asistimos a misa en la capilla donde se encuentra la imagen milagrosa de Nuestra Señora de Częstochowa, también conocida como La Madona Negra. De acuerdo a la tradición, su imagen fue pintada por Lucas el Apóstol en una mesa construida por Jesús mismo. Como tal, peregrinos que se acercan a ver la imagen de cerca necesitan caminar de rodillas como signo de respeto. Para mí la parte más memorable de visitar el monasterio fue precisamente eso: caminar de rodillas, con éstas descubiertas, por el pequeño corredor al lado del altar para mejor ver la imagen. Cuando llegó mi turno, tambaleé mientras caminaba, y mis rodillas protestaron fuertemente, pero me acerqué y brevemente contemplé la hermosa, misteriosa imagen a sólo unos pies de distancia. Para el tiempo que llegué al final de corredor, mis rodillas estaban rojas y adoloridas, pero la vista del cuadro  valió la incomodidad. Poco después de terminar el recorrido para verla, empezó la misa, y logramos colocarnos en un espacio en frente de la capilla donde había un poco de lugar entre la multitud de personas. Celebramos la misa, y en cuanto se acabó, Sebastian y yo partimos a la estación para alcanzar el tren que nos iba llevar a la siguiente ciudad.

La imagen milagrosa de Nuestra Señora de Częstochowa

Después de pasar varias horas en el tren viendo idílicas vistas del campo polaco por la ventana, Sebastian y yo llegamos a Wroclaw. Pasamos esa noche y el resto del día siguiente recorriendo esta bella ciudad, que presume una plaza prístina y colorida, una catedral en una isla, la histórica Universidad de Wroclaw (Uniwersytet Wrocławski), y un jardín japonés autentico, entre otras cosas. En nuestro primer día ahí, empezamos con la Universidad de Wroclaw, donde recorrimos el campus y visitamos a la iglesia adyacente, La Iglesia Universitaria del Santo Nombre de Jesús (Parafia Najświętszego Imienia Jezus), la cual estaba completamente desierta y oscura cuando llegamos. Caminos hacia el frente de la iglesia, y, siguiendo un impulso aventurero, me atreví a subir al púlpito; subí sigilosamente, agachándome para no ser vista sobre las rejas y pisando con cautela para evitar pisar escalones chirriantes. Cuando llegué hasta arriba, aprecié la vista de la iglesia desde la parte más alta e intenté reprimir una sonrisa traviesa. Abriendo la reja que daba al púlpito y subiendo hasta arriaba había sido un riesgo, pero la vista y la experiencia lo habían ameritado. Cuando me bajé, Sebastian y yo alternamos posiciones, y yo vigile mientras él subía. En cuanto habíamos visto todo lo que había para ver en la iglesia, nos fuimos y continuamos vagando por Wroclaw, disfrutando todo lo que tenía que ofrecer.

En el púlpito de la iglesia de la Universidad de Wroclaw

El siguiente día, llegó el tiempo de regresar a Cracovia y alistarme para mi vuelo a casa. Los últimos días habían sido un torbellino de aventura, y me sentí contenta y satisfecha cuando vi lo último de Polonia mientras iba en un taxi al aeropuerto la mañana de mi vuelo. Me sentía satisfecha porque había superado el deseo de elegir lo familiar y fácil y había elegido la opción que me empujó a extenderme fuera del confort en el que me había refugiado en mi agotamiento. En gran parte por la insistencia de mi novio, había elegido sacar el máximo provecho de mi tiempo en Polonia al decidir hacer lo que más quería hacer desde el principio: viajar. Había elegido no dejar que la desilusión de las previas semanas y el agotamiento me detuvieran de aprovechar a lo máximo mis últimos días en el extranjero. Había elegido carpe diem, había elegido vivir cada día a lo máximo, y como resultado, obtuve la oportunidad de visitar nuevos lugares y tener experiencias únicas que se convirtieron en memorias atesoradas.

En la torre del monasterio Jasna Góra en Częstochowa

Meses después de mi aventura en Polonia, de nuevo se presentó una oportunidad para elegir carpe diem, para escoger una opción prometedora, pero demandante, en lugar de una cómoda. Esta vez fue la oportunidad de asistir a la misa de Papa Francisco en Ciudad Juárez; aunque hubiera sido bastante cómodo verla en la tele desde mi casa, no me permití rehuir de la chanza de asistir, especialmente desde que estaba pasando a unas cuantas millas de mi casa y mi universidad había cerrado por el día. Me empujé a hacer todos los arreglos necesarios, y asistí a la misa; como resultado tuve otra aventura única. Junto con mi novio, esperé aproximadamente cinco horas y media para poder ver al Papa. La mitad de la espera la pasamos de pie esperando poder entrar a El Punto, el sitio de la misa, y la otra mitad la pasamos sentados en la tierra de la explanada, junto con aproximadamente  otras 250,000 personas.  Ahí observamos como el calor, incomodidad, y espera sacaban las partes más desagradables de muchas personas. La espera dentro del sitio de la misa fue incomoda; estaba a ochenta y algo grados Fahrenheit, y el sol nos pegó de frente todo el día.

A pesar de esta incomodidad, me sentía en paz. Estaba sentada al lado de mi novio, recargando mi cabeza en su hombro mientras esperábamos la llegada del Papa. Después de un rato, todas las personas que alcanzábamos a ver también reflejaban tranquilidad, arrullados por el calor y el aburrimiento de la espera. Así estuvimos por un rato hasta que de repente el ambiente cambió; la gente en las orillas del sitio lo hizo saber que el Papa se estaba acercando en el papamóvil. Las miles de personas que habían estado sentadas en la tierra o colgadas de las rejas agotadas por el calor fueron infundidos con energía. Todos se pusieron de pie, se acercaron lo más posible a las rejas, y empezaron a gritar, “Se ve, se siente, el Papa está presente.” Mi novio me subió a sus hombros para que pudiera ver mejor, y después de poco, vimos al Papa pasar a sólo unos metros de distancia. En cuanto se había salido de vista, mi novio me bajó de sus hombros, y en cuanto mis pies tocaron la tierra lo abracé llena de felicidad.

Papa Francisco pasando por El Punto

Después de eso, nos acomodamos para poder presenciar y participar en la misa. Escuchamos atentamente su sermón, absorbiendo el sonido de su voz y las ideas que expresaba. No pude evitar voltear a mi alrededor y ver a las miles de personas que vinieron por el mismo hombre, para escuchar sus palabras, y con algo de suerte, para salir con un recuerdo del poder de la fe. Para mí fue obvio: vi que el poder de la iglesia y de la fe Católica es precisamente las miles de personas que la viven día a día y que a pesar de tiempos tan cambiantes se mantienen fiel a ella. La oportunidad de ser testigo de esto y de ver al Papa valio toda la incomodidad y la espera. Obtuve mucho de esta experiencia; así como lo hice en Polonia, me desapegué de la opción que prometía confort a corto plazo y elegí la opción que me exigió crecer en creatividad, motivación, y afán de experimentar algo diferente.

Una fracción de la multitud que vino a ver al Papa

Creo que en eso está la belleza de la filosofía de carpe diem: nos llama a extendernos y a crecer. Nos invita a aprovechar a lo máximo cada oportunidad sana y enriquecedora que se nos presenta. En mi caso, fue el llamado a sacar el máximo provecho de mi viaje al extranjero que había soñado por años y a asistir a la misa del Papa, la cual era una oportunidad rara. Sin embargo, la llamada a aprovechar el día puede tomar millones de otras formas, y no necesita costar mucho tiempo o dinero. Puede mostrarse en cosas tan sencillas como probar una receta nueva para la cena; tomar una nueva ruta a casa; acercarte a alguien que esta solo o ignorado; caminar una cuadra más lejos para ver que hay ahí. Las oportunidades siempre estarán ahí; sólo es cuestión de decidir tomarlas.

Y para cada vez que tomamos una de esas oportunidades para hacer más, buscar más, o encontrar a otros más, somos mejores. Somos más capaces de buscar recompensas y conexiones que puedan ser significativas a la larga en vez de simplemente confort momentáneo. Somos más capaces de encontrar a los demás con candor y buena voluntad. Somos más capaces de decirle “no” a la voz persistente en nuestras cabezas que nos intenta persuadir de que lo que más queremos se puede encontrar en lo cómodo y lo fácil.

En la torre de matemáticas en la Universidad de Wroclaw

A fin de cuentas, cuando tu día llegue igual podrás decir que viviste aun si no hiciste ninguna de esas cosas. Sin embargo, si queremos implicar más que solamente existencia necesaria, biológica, necesitamos empujarnos a nosotros mismos a hacer más. En hacer eso, nos haremos más dispuestos a crecer, y por cada vez que aprovechamos el día, le daremos mayor significado a la palabra, “Viví.”

Hope when the moment comes, you’ll say

I, I did it all
I, I did it all
I owned every second that this world could give
I saw so many places, the things that I did
With every broken bone, I swear I lived

-One Republic, I Lived

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